Del malentendido sobre la cura musical a la musicalidad primordial. Iatrogenia, prácticas subjetivantes y derecho a la salud.
Casal Passion Valeria, Giacobone Alejandra, Luhía María Andrea.
Simposio presentado en el Congreso Mundial de Salud Mental.


ISBN: 978-987 -45937 -4-0 ABORDAJES INCLUSIVOS EN SALUD MENTAL Clínica, comunidad y derechos Asociación Argentina de Salud Mental 2019, Argentina

“Todos los sentimientos de una emoción son  complejas variaciones musicales sobre los sentimientos primordiales.”
Antonio Damasio
 
Las teorías sobre la filogénesis de la música son diversas. En música, como arte temporal, preeminente de todas las demás formas de arte, son inseparables la forma y contenido, la  estructura melódica y temporal. A su vez ésta conlleva implícitas las emociones del generador o creador y las que motivaría en el posible receptor. Pero no es en esta simplista dualidad (generador/receptor, causa/efecto) que está implicada la experiencia sonoro musical con  el desarrollo humano, sino en la sonoridad intersubjetiva. La música no es más que objeto, producto y proceso humano cuya apoyatura o andamiaje es la musicalidad (constitutiva y fundante tempranamente de lo humano y constructiva del sujeto en etapas posteriores).
La música se despliega como manifestación de la cultura porque el proceso de humanización transcurre en la musicalidad que da forma, materia y envoltura al desarrollo emocional, comunicativo y lúdico. “Desde los primerísimos momentos en que existimos humanamente, diversos procesos se desencadenan en y por la trama vincular que posibilita la construcción subjetiva. La fonación deviene voz, el organismo deviene cuerpo, la visión se hace mirada y la audición se hace escucha, en la trama tejida durante los encuentros significativos.  
Desde un principio el lenguaje sonoro está involucrado en los intercambios subjetivantes. Los constituye, los conforma y los contornea. Es materia y envoltura del vínculo temprano” (Giacobone, 2018).
Debemos advertir, que en este planteo se instala una ruptura epistemológica acerca de la constitución subjetiva, que a partir de la noción de musicalidad primordial, supera el modelo binario del cuerpo a la palabra, ubicando la sonoromusicalidad humana como condición de sentido y enlace.
Como sujetos de cultura, los intercambios intersubjetivos posteriores intervendrán en los procesos donde la música será fundamental en tanto creación, manifestación y producto estético.  
 “La musicalidad conforma huellas mnémicas y, aquellos modos primordiales y el objeto música que erigieron los procesos identitarios, poseen ligados una emoción o recuerdo concomitante” (Casal Passion, 2019).
Asimismo, la evocación de tales contenidos puede convocar lo bello o el acceso a lo siniestro. En numerosas teorías de orden mitológico y que frecuentemente apelan a la estética (concibiendo erráticamente su concepción relacionada a la belleza), se le otorga a la experiencia sonoro musical capacidades o potencialidades de empoderamiento, curación mágica, beneficios o alivio de diversos malestares, condiciones o conflictos humanos.  
A su vez en la búsqueda de la evidencia científica, se reduce la experiencia sonoro musical como devenida solo del afuera, posible de ser aplicada como un recurso medicamentoso y plausible de ser medida en sus
efectos. “La música, objeto estético, no activa ni empodera de por sí, no es una herramienta, no es benéfica ni maléfica en sí misma, no cura dolores anímicos u orgánicos, ni es recurso no farmacológico supletorio o complementario en el tratamiento de diversas condiciones de salud. Frecuentemente es utilizada con intención rehabilitadora, considerándola por fuera de un sujeto, introducida y aplicada por otro a fin de modificar, estimular, beneficiar…masificar.” (Casal Passion, 2019).
Los Musicoterapeutas tenemos la enorme responsabilidad de evitar que el sujeto sea alienado por el uso del recurso musical como si éste tuviera un valor y un sentido en sí mismo. Del mismo modo, tenemos la responsabilidad ética de evitar la enajenación y el arrasamiento de las voces, de los cuerpos,
de la creatividad, que promueve la estética masificada del discurso musical mediático. En esto nos identifica y nos nuclea ser portadores de un saber específico en relación a la música. El lenguaje sonoro musical es soporte, red, hilo conductor en nuestro quehacer, en el encuentro con el otro.  

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